domingo, 2 de septiembre de 2012

Ciudad de los Libros


Cuando en el mundo se habla de la desaparición de los libros de papel, en la Ciudad de México cinco bibliotecas personales desafían la era digital y pretenden ser el puente entre los libros convencionales y las nubes virtuales.

En el centro de la Ciudad de México La Ciudadela, un majestuoso edificio colonial construido originalmente para ser fábrica de tabaco, recibe 216.000 ejemplares de cinco coleccionistas y conocidos hombres de letras y se vuelve la nube a la que se podrán conectar miles de bibliotecas de todo el país.

Las bibliotecas personales del escritor Carlos Monsiváis, los poetas Alí Chumacero y Jaime García Terrés, el ensayista y crítico literario José Luis Martínez, y el académico y erudito Antonio Castro Leal, tendrán cada una un espacio diseñado para la consulta de sus colecciones.

El conglomerado conocido como La Ciudad de los Libros, que además de bibliotecas personales alojará una para invidentes y otra para niños a la que se agrega la ya existente Biblioteca México Vasconcelos, es uno de los proyectos que pretende convertir a México en la “Plataforma Intelectual del Español”.

“Somos el país con el mayor número de hispanoparlantes, que tiene como vecino al país número dos con hablantes en español. La intención es tomar la responsabilidad de ser el país con el mayor número de hispanohablantes”, dice Consuelo Sáizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Conaculta, una especie de ministerio de la cultura.

Parte de esa responsabilidad consiste en estudiar el idioma, enseñarlo al mundo, certificar su enseñanza y promover a los creadores de habla hispana, explica Sáizar.

Recientemente se anunció el Premio Carlos Fuentes a obra literaria en español, que pretende conseguir el prestigio del Premio Cervantes de España, el más importante de habla hispana, y por primera vez este año se otorgará el Reconocimiento Rosario Castellanos.

Las colecciones de libros más importantes del México del siglo XIX salieron del país y se encuentran en Austin, Texas. La Ciudad de los Libros es una forma de conservar estas colecciones personales de hombres del siglo XX en México, pero al mismo tiempo compartirlas con el mundo.

“Estamos muy conscientes de que este es el momento del tránsito entre lo análogo y lo digital, entre el papel y la nube. Desde el principio nos dimos cuenta que el propósito debía ser no sólo resguardar (cada biblioteca) para preservarla sino digitalizarla para difundirla”, dice Sáizar.

En 2009 Conaculta compró la colección de 73.000 volúmenes del bibliómano y bibliófilo José Luis Martínez, un crítico, ensayista y erudito que dirigió la editorial del estado Fondo de Cultura Económica y que había fallecido dos años antes. Los libros raros y antiguos eran uno de los valores de la biblioteca, pero Sáizar explica que el conjunto de libros tiene un valor como colección.

“Hay un supravalor que es la curaduría de don José Luis. Qué leyó este hombre para convertirse en uno de los grandes hombres de letras, para lograr ese idioma”, dice Sáizar.

Miguel Ricardo García, subdirector de bibliotecas de Conaculta, llegó a la que había sido la casa del crítico y ensayista, a desmontar la biblioteca, 30 toneladas de libros alojados por toda la residencia.

“Fue un privilegio, pero fue como quitarle la piel a la casa”, dice.

Con esa colección, Conaculta decidió empezar La Ciudad de los Libros y alojarla en La Ciudadela.

En ese gran edificio con cuatro patios de principios del siglo XIX, el arquitecto Alejandro Sánchez diseñó un espacio lleno de luz con libreros en madera clara y una distribución que trató de respetar la que la colección tenía en la residencia original.

La artista Betsabeé Romero hizo una pieza de pequeños aviones que cargan libros, en honor al espíritu viajero del coleccionista.

La biblioteca José Luis Martínez abrió al público para su consulta, al tiempo que se empezaba la digitalización del acervo y un comité asesor analizaba propuestas para las bibliotecas que llenarían el nuevo complejo.

“Al principio, como uno conoce las buenas bibliotecas, proponíamos (bibliotecas para adquirir), se discutía, pero las últimas dos sesiones ya había 10 o 12 bibliotecas, llegaron muchas propuestas”, cuenta Sáizar.

Llegaron después las bibliotecas personales de García Terrés y Castro Leal.

La primera, una biblioteca más pequeña porque el autor solo ingresó lo que consideraba significativo para sus intereses.

“Es una biblioteca muy escogida, muy selecta. Hay literatura mexicana, español, poética, psicoanálisis, esoterismo”, explica García.

A la de Castro Leal, de 50.000 volúmenes, Conaculta logró llegar a tiempo antes de que el acervo, que tenía 30 años en venta, se perdiera.

“Estaba en una casa en Coyoacán, una recámara había perdido el techo, en otra hubo un incendio porque una de sus hijas se quedó dormida fumando y los libros se ahumaron. Era la sección de Francia. Castro leal dormía entre libros franceses”, dice García.

Los ejemplares dañados alcanzaron a ser rescatados y empastados. Hay ejemplares preciosos por viejos y raros como un pequeño librito de 1644 titulado “Chocolata India”, sobre las propiedades medicinales del chocolate; libros con dedicatorias como un “Confabulario” con un manuscrito que dice: “A Don Antonio Castro Leal, un lector que ambiciono. Juan José Arreola. Noviembre 14 de 1952″; libros grandes y diminutos, con pastas de piel o cartón; con anotaciones del lector; libros repetidos una, dos, tres veces que algo querrán decir de los gustos del coleccionista. Y libros que aparecen en las cinco colecciones.

En el 2010, durante el proceso de adquisición de bibliotecas, fallecieron dos grandes escritores mexicanos: Alí Chumacero y Carlos Monsiváis, ambos coleccionistas y bibliómanos.

“Con Alí Chumacero ya lo había empezado a platicar, con Carlos (Monsiváis) había platicado el proyecto, pero no que su biblioteca estuviera ahí”, dice Saízar.

Cuando García y el equipo de expertos llegaron a la que había sido la casa de Monsiváis, encontraron lo que esperaban: una enorme colección de libros que servían de hogar a decenas de gatos, donde el olor a animales superaba el olor a papel.

“Elena Poniatowska le decía que cómo podía trabajar entre gatos y libros”, dice García.

Sáizar cuenta que el desorden y la abundancia eran tales que Monsiváis prefería llamarla para pedirle un libro que buscarlo en sus libreros.

A diferencia de la colección Castro Leal que tiene una oferta literaria de principios del siglo XX y de los de los contemporáneos Martínez, donde hay muchos libros de historia, García Terrés, con poesía, y Chumacero, literatura, la biblioteca de Monsiváis es la de un hombre de finales del siglo XX.

“Alguien dijo que era el primer norteamericano nacido en México”, bromea Sáizar sobre el lector bilingüe Monsiváis. “Fue un extraordinario lector de poesía, voraz conocedor de cine, tenía un gran gusto por la fotografía, tiene una colección importante de libros de arte, una hemeroteca muy respetable”.

Cada biblioteca fue diseñada por un arquitecto y cada una alberga la obra que un artista creó especialmente para ese espacio. La esperada biblioteca de Monsiváis, que representará un poco del laberinto que formaban los libros en la casa del escritor, tendrá en su interior un tapete con un diseño de gatos, obra del artista Francisco Toledo.

La Ciudad de los Libros pretende llegar a todas las ciudades donde existen bibliotecas públicas de Conaculta, una red de 7.500 bibliotecas, para lo que se están digitalizando todos los libros de los acervos que ya no están sujetos a derechos de autor.

“Se está digitalizando en tres niveles, el texto, las dedicatorias y las anotaciones al margen, y los libros a los que remiten”, explica Sáizar.

Hasta ahora el proceso de digitalización va por 60%. Cuando un lector llega a la biblioteca José Luis Martínez, lo primero que le ofrecen es un iPad. Es parte del doble formato de la biblioteca: el catálogo se consulta en línea y los libros se pueden tomar del librero, olerlos y leerlos en papel, o, si está disponible en formato digital, leerlo con los beneficios que proporciona el dispositivo de Apple.

Es parte del cerebro de la palabra, un proyecto de digitalización de libros de bibliotecas públicas que comprende también aplicaciones (apps) sobre obras como “Muerte sin fin” de José Gorostiza o “Blanco”, de Octavio Paz.

“Es la democratización de la investigación y el conocimiento”, expresa Sáizar. “La biblioteca no se queda solo en el papel, empieza a adquirir otra dimensión. Creo que lo mejor está por venir, cuando los estudiosos empiecen a relacionar qué libro no tiene uno, o qué tienen en común unos y otros”.

jueves, 29 de marzo de 2012




Los invitados de la princesa es el libro con el cual el escritor español Fernando Savater acaba de obtener el Premio Primavera de Novela 2012. Esta es una historia sobre intrigas, cocineros, vampiros y alguna que otra cabra loca. Promete ser una de las novelas más divertidas del año.

La presidenta de Santa Clara, conocida popularmente como la Princesa, se ha propuesto que su pequeña república isleña se convierta en referencia cultural para el resto del mundo.

Entonces, con este objetivo llama a escritores y artistas para celebrar un extraordinario Festín de la Cultura. Pero no todo sale como ella se lo había propuesto. Un desatinado volcán estorba sus planes y su nube de cenizas hace imposible que la anfitriona y sus invitados se reúnan en la isla.

Entonces entra en escena el joven periodista Xavi Mendia, enviado especial de Mundo Vasco, quien levanta acta de la extraña situación y se entera de las historias que cuentan unos y otras mientras todos esperan poder salir de allí: relatos de pasiones y terrores, misteriosos y fantásticos, en los que surgen las vacilaciones de la cultura contemporánea y hasta aparece la sombra de un vampiro.

Fernando Savater, filósofo y escritor español, nació en San Sebastián en 1947. Ejerció como profesor de Ética en la Universidad del País Vasco y hoy en día imparte clases en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Ha publicado muchos títulos, entre ensayos, obras de teatro y narrativa. En la actualidad es uno de los intelectuales de mayor prestigio y algunas de sus creaciones han merecido premios tan destacados como el Premio Nacional de Literatura y el González-Ruano de Periodismo.

Murió Antonio Tabucchi




Lisboa, la ciudad en la que vivía, despide hoy a Antonio Tabucchi, el escritor italiano más portugués, fallecido el pasado domingo de un cáncer en el Hospital de la Cruz Roja, en la capital lusa.

Tabucchi será incinerado a las 11 de la mañana, en una ceremonia privada. Después, a las tres de la tarde, sus cenizas serán depositadas, en una ceremonia pública, en el cementerio dos Prazeres, en Lisboa, el mismo que acogió, en 1935,los restos del autor que más admiró Tabucchi en vida, Fernando Pessoa (posteriormente trasladados al Monasterio de los Jerónimos).




Desde el domingo se han sucedido en la prensa portuguesa los artículos y comentarios sobre una figura de la literatura europea que los portugueses consideraban, y con razón, muy suyo.
Los homenajes se sucederán: mañana, en el Espacio Nimas, en Lisboa, se exhibirá la película Réquiem, basada en su novela homónima.

El día dos, en la casa de Fernando Pessoa, también en Lisboa, se efectuará, precisamente, una lectura pública de este libro, que Tabucchi escribió directamente en portugués.


Mientras, la editorial portuguesa Don Quixote ultima la publicación de la traducción del último libro de Tabucchi, aparecido en 2009 en italiano, un conjunto de cuentos con un título profético: El tiempo envejece deprisa.






Rafael Narbona

William Burroughs afirmaba que América no era un país joven, sino una tierra vieja, sucia y perversa, incluso antes de los indios. “El mal estaba en ella, esperando”. Philip Roth (New Jersey, 1933) obtuvo malas críticas con La humillación, su novela anterior, pero con Némesis ha despejado cualquier duda sobre su posible decadencia como autor. La humillación era un acercamiento a la pasión en la vejez, que se consideró poco creíble, sin reparar en su profunda reflexión sobre la soledad, el deseo y la muerte. Tal vez Roth descuidó en esa ocasión los aspectos formales, pero esta vez no es posible plantear objeciones. Nos encontramos con el mejor Philip Roth, narrador ágil e intuitivo, capaz de crear personajes y ensartarlos en una trama donde no hay elementos innecesarios ni digresiones que afecten a la unidad del relato. Roth se mueve en la tradición de los grandes escritores nortea-mericanos que emplean un estilo periodístico con retazos poéticos. Nos recuerda a Saul Bellow y al Truman Capote de A sangre fría.

Némesis está ambientada en la comunidad judía de Newark, New Jersey. Durante el verano de 1944 se desata una epidemia de polio. No es la primera vez, pero el número de víctimas mortales crece de forma alarmante. Bucky Cantor, un joven profesor judío que dirige una escuela de verano, se enfrenta a la muerte de sus alumnos con una mezcla de estupor y rabia. La vida de Cantor no ha sido fácil. Su madre murió en el parto, su padre pasó un tiempo en la cárcel, su miopía le ha impedido alistarse para combatir. Pese a todo, sus abuelos maternos asumieron su cuidado y le prodigaron todo el afecto que puede ambicionar un niño. Su abuelo le inculcó disciplina, firmes principios morales, espíritu de superación. Con 23 años, Cantor es un profesor responsable, comprometido con el bienestar de sus alumnos, casi un hermano mayor al que todos quieren y respetan.

Némesis se divide en tres actos, un procedimiento habitual en Philip Roth, que juega con el ideal clásico de la catarsis. La novela comienza como un relato idílico ensombrecido por los primeros casos de polio, pero el dolor que rompe el corazón de las familias afectadas, deshace cualquier ilusión de solidaridad. El dolor no se apaga con las demostraciones de cariño ni con las palabras de consuelo en la sinagoga. De inmediato, se buscan responsables. Los italianos, las granjas de animales, los refrescos de una heladería, el idiota del barrio, los partidos de béisbol organizados por el profesor Cantor, que exponen a los chicos a temperaturas excesivas en pleno verano. La polio siembra la desconfianza, la ira, el rencor. La polio no se limita a enfermar el cuerpo. Sus estragos también se reflejan en la podredumbre moral de una sociedad que pierde la confianza en Dios, la justicia o la misericordia. Cantor se enfrentará a un dilema moral que pondrá a prueba su integridad. Le ofrecen un puesto de trabajo lejos del foco de la epidemia, pero le pesa abandonar a sus alumnos. Tendrá que escoger y determinar si está a la altura de sus exigencias morales.

Roth convierte la polio en una metáfora que recuerda poderosamente la peste de Camus. Camus nos advierte sobre los riesgos del fascismo, un virus que puede adormecerse, pero que nunca renunciará a propalarse apenas surja la oportunidad. Roth llega más lejos. El problema no es el fascismo. El problema es la condición humana. Nuestras exigencias morales son fantasías retóricas que se desmoronan cuando aparece el miedo. El pánico nos devuelve a un estado premoral. Roth no retrocede ante el reto de abordar una vez más la presumible bondad de Dios. Si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué permite la muerte de los inocentes? Cantor opina que Dios actúa como un viejo estúpido y cruel. Sólo podría ser exculpado si no existiera. Ignoro si ha leído al filósofo judío Hans Jonas, que limita el poder de Dios, llegando a asegurar que no evitó el espanto de Auschwitz “porque no pudo”. Roth no contempla la posibilidad de un Dios impotente porque tal vez ambos términos le resulten incompatibles.

Némesis es una novela extraordinaria, donde Philip Roth demuestra su talento como narrador y su compromiso con los grandes temas de la literatura: el ser humano, la muerte, Dios, el mal, lo irracional, la tensión entre el individuo y la comunidad, la crueldad de la sociedad norteamericana, donde el mal parece una presencia permanente. Sería absurdo buscar la esperanza en estas páginas. El desenlace sugiere la intervención de la diosa Némesis, pero Roth no ha pretendido dibujar una fábula moral. No se restituye la justicia. Simplemente, se pone de manifiesto la tremenda vulnerabilidad del ser humano. Al final, todos naufragamos en el mismo infortunio.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Aquellos hombres







Omar Masera


Aquellos hombres eran libres hasta que se consagraron a la adoración a sí mismos. Pasaban las noches frente a grandes espejos que para ése fin habían dispuesto en una amplia galería, admirando la luz derramarse, líquida, sobre los relieves de su piel desnuda.

Absorbíanse en la silenciosa contemplación de su figura; en descifrar cada letra de la poesía que en el lenguaje de la forma, Dios había hecho en sus cuerpos.

Mentalmente cartografiaban, con un explorador en cada ojo, cada cordillera, cada río y cada valle que el obscuro entramado de huesos, tendones y músculos les moldeaba en la piel, y se deleitaban en su profundo latido.

Los ojos se les hundieron y les crecieron sombras de no dormir, pero esto no hizo sino volverlos aún más fascinantes a su mirada.

Enflaquecieron, se fueron haciendo seres pálidos, melancólicos, cada vez más insignificantes.La callada fascinación dio paso a la callada indiferencia, pero nunca le volvieron la espalda a los espejos.

Uno a uno, con la naturalidad de las hojas secas, fueron cayendo.

Sus cuerpos tendidos formaron un mosaico de triste belleza sobre el suelo de piedra.

Cuando el último residuo de vida se le cerró al último de los hombres en los ojos, ése instante final, por último,se hizo eterno, único; y los espejos repitieron, ampliando hasta la infinitud de los lugares y de los tiempos, la desnudez vacía de los hombres.

@Omar "El Tremendo"Masera