jueves, 29 de marzo de 2012




Los invitados de la princesa es el libro con el cual el escritor español Fernando Savater acaba de obtener el Premio Primavera de Novela 2012. Esta es una historia sobre intrigas, cocineros, vampiros y alguna que otra cabra loca. Promete ser una de las novelas más divertidas del año.

La presidenta de Santa Clara, conocida popularmente como la Princesa, se ha propuesto que su pequeña república isleña se convierta en referencia cultural para el resto del mundo.

Entonces, con este objetivo llama a escritores y artistas para celebrar un extraordinario Festín de la Cultura. Pero no todo sale como ella se lo había propuesto. Un desatinado volcán estorba sus planes y su nube de cenizas hace imposible que la anfitriona y sus invitados se reúnan en la isla.

Entonces entra en escena el joven periodista Xavi Mendia, enviado especial de Mundo Vasco, quien levanta acta de la extraña situación y se entera de las historias que cuentan unos y otras mientras todos esperan poder salir de allí: relatos de pasiones y terrores, misteriosos y fantásticos, en los que surgen las vacilaciones de la cultura contemporánea y hasta aparece la sombra de un vampiro.

Fernando Savater, filósofo y escritor español, nació en San Sebastián en 1947. Ejerció como profesor de Ética en la Universidad del País Vasco y hoy en día imparte clases en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Ha publicado muchos títulos, entre ensayos, obras de teatro y narrativa. En la actualidad es uno de los intelectuales de mayor prestigio y algunas de sus creaciones han merecido premios tan destacados como el Premio Nacional de Literatura y el González-Ruano de Periodismo.

Murió Antonio Tabucchi




Lisboa, la ciudad en la que vivía, despide hoy a Antonio Tabucchi, el escritor italiano más portugués, fallecido el pasado domingo de un cáncer en el Hospital de la Cruz Roja, en la capital lusa.

Tabucchi será incinerado a las 11 de la mañana, en una ceremonia privada. Después, a las tres de la tarde, sus cenizas serán depositadas, en una ceremonia pública, en el cementerio dos Prazeres, en Lisboa, el mismo que acogió, en 1935,los restos del autor que más admiró Tabucchi en vida, Fernando Pessoa (posteriormente trasladados al Monasterio de los Jerónimos).




Desde el domingo se han sucedido en la prensa portuguesa los artículos y comentarios sobre una figura de la literatura europea que los portugueses consideraban, y con razón, muy suyo.
Los homenajes se sucederán: mañana, en el Espacio Nimas, en Lisboa, se exhibirá la película Réquiem, basada en su novela homónima.

El día dos, en la casa de Fernando Pessoa, también en Lisboa, se efectuará, precisamente, una lectura pública de este libro, que Tabucchi escribió directamente en portugués.


Mientras, la editorial portuguesa Don Quixote ultima la publicación de la traducción del último libro de Tabucchi, aparecido en 2009 en italiano, un conjunto de cuentos con un título profético: El tiempo envejece deprisa.






Rafael Narbona

William Burroughs afirmaba que América no era un país joven, sino una tierra vieja, sucia y perversa, incluso antes de los indios. “El mal estaba en ella, esperando”. Philip Roth (New Jersey, 1933) obtuvo malas críticas con La humillación, su novela anterior, pero con Némesis ha despejado cualquier duda sobre su posible decadencia como autor. La humillación era un acercamiento a la pasión en la vejez, que se consideró poco creíble, sin reparar en su profunda reflexión sobre la soledad, el deseo y la muerte. Tal vez Roth descuidó en esa ocasión los aspectos formales, pero esta vez no es posible plantear objeciones. Nos encontramos con el mejor Philip Roth, narrador ágil e intuitivo, capaz de crear personajes y ensartarlos en una trama donde no hay elementos innecesarios ni digresiones que afecten a la unidad del relato. Roth se mueve en la tradición de los grandes escritores nortea-mericanos que emplean un estilo periodístico con retazos poéticos. Nos recuerda a Saul Bellow y al Truman Capote de A sangre fría.

Némesis está ambientada en la comunidad judía de Newark, New Jersey. Durante el verano de 1944 se desata una epidemia de polio. No es la primera vez, pero el número de víctimas mortales crece de forma alarmante. Bucky Cantor, un joven profesor judío que dirige una escuela de verano, se enfrenta a la muerte de sus alumnos con una mezcla de estupor y rabia. La vida de Cantor no ha sido fácil. Su madre murió en el parto, su padre pasó un tiempo en la cárcel, su miopía le ha impedido alistarse para combatir. Pese a todo, sus abuelos maternos asumieron su cuidado y le prodigaron todo el afecto que puede ambicionar un niño. Su abuelo le inculcó disciplina, firmes principios morales, espíritu de superación. Con 23 años, Cantor es un profesor responsable, comprometido con el bienestar de sus alumnos, casi un hermano mayor al que todos quieren y respetan.

Némesis se divide en tres actos, un procedimiento habitual en Philip Roth, que juega con el ideal clásico de la catarsis. La novela comienza como un relato idílico ensombrecido por los primeros casos de polio, pero el dolor que rompe el corazón de las familias afectadas, deshace cualquier ilusión de solidaridad. El dolor no se apaga con las demostraciones de cariño ni con las palabras de consuelo en la sinagoga. De inmediato, se buscan responsables. Los italianos, las granjas de animales, los refrescos de una heladería, el idiota del barrio, los partidos de béisbol organizados por el profesor Cantor, que exponen a los chicos a temperaturas excesivas en pleno verano. La polio siembra la desconfianza, la ira, el rencor. La polio no se limita a enfermar el cuerpo. Sus estragos también se reflejan en la podredumbre moral de una sociedad que pierde la confianza en Dios, la justicia o la misericordia. Cantor se enfrentará a un dilema moral que pondrá a prueba su integridad. Le ofrecen un puesto de trabajo lejos del foco de la epidemia, pero le pesa abandonar a sus alumnos. Tendrá que escoger y determinar si está a la altura de sus exigencias morales.

Roth convierte la polio en una metáfora que recuerda poderosamente la peste de Camus. Camus nos advierte sobre los riesgos del fascismo, un virus que puede adormecerse, pero que nunca renunciará a propalarse apenas surja la oportunidad. Roth llega más lejos. El problema no es el fascismo. El problema es la condición humana. Nuestras exigencias morales son fantasías retóricas que se desmoronan cuando aparece el miedo. El pánico nos devuelve a un estado premoral. Roth no retrocede ante el reto de abordar una vez más la presumible bondad de Dios. Si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué permite la muerte de los inocentes? Cantor opina que Dios actúa como un viejo estúpido y cruel. Sólo podría ser exculpado si no existiera. Ignoro si ha leído al filósofo judío Hans Jonas, que limita el poder de Dios, llegando a asegurar que no evitó el espanto de Auschwitz “porque no pudo”. Roth no contempla la posibilidad de un Dios impotente porque tal vez ambos términos le resulten incompatibles.

Némesis es una novela extraordinaria, donde Philip Roth demuestra su talento como narrador y su compromiso con los grandes temas de la literatura: el ser humano, la muerte, Dios, el mal, lo irracional, la tensión entre el individuo y la comunidad, la crueldad de la sociedad norteamericana, donde el mal parece una presencia permanente. Sería absurdo buscar la esperanza en estas páginas. El desenlace sugiere la intervención de la diosa Némesis, pero Roth no ha pretendido dibujar una fábula moral. No se restituye la justicia. Simplemente, se pone de manifiesto la tremenda vulnerabilidad del ser humano. Al final, todos naufragamos en el mismo infortunio.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Aquellos hombres







Omar Masera


Aquellos hombres eran libres hasta que se consagraron a la adoración a sí mismos. Pasaban las noches frente a grandes espejos que para ése fin habían dispuesto en una amplia galería, admirando la luz derramarse, líquida, sobre los relieves de su piel desnuda.

Absorbíanse en la silenciosa contemplación de su figura; en descifrar cada letra de la poesía que en el lenguaje de la forma, Dios había hecho en sus cuerpos.

Mentalmente cartografiaban, con un explorador en cada ojo, cada cordillera, cada río y cada valle que el obscuro entramado de huesos, tendones y músculos les moldeaba en la piel, y se deleitaban en su profundo latido.

Los ojos se les hundieron y les crecieron sombras de no dormir, pero esto no hizo sino volverlos aún más fascinantes a su mirada.

Enflaquecieron, se fueron haciendo seres pálidos, melancólicos, cada vez más insignificantes.La callada fascinación dio paso a la callada indiferencia, pero nunca le volvieron la espalda a los espejos.

Uno a uno, con la naturalidad de las hojas secas, fueron cayendo.

Sus cuerpos tendidos formaron un mosaico de triste belleza sobre el suelo de piedra.

Cuando el último residuo de vida se le cerró al último de los hombres en los ojos, ése instante final, por último,se hizo eterno, único; y los espejos repitieron, ampliando hasta la infinitud de los lugares y de los tiempos, la desnudez vacía de los hombres.

@Omar "El Tremendo"Masera